
Llegamos el 2 de julio, tibio y húmedo amanecer, agotados, luego de festejar el crecimiento de la albahaca, fragante lirio doméstico, en el campo La Olvidada, hacienda de grandes piscinas grises, rectangulares, deshabitadas, infinitas vasijas de concreto, profundos volcanes vaciados de lava, punzantes voces, que recuerdan al caminante el egoísmo del primer gran secreto.Cada paso de aquel exilio, era un sobresalto, una punzada en el centro del pecho, agitando inexorablemente las ideas, transformando las formas y regando de sangre los surcos del miedo incontrolable, torrente que sacude el cuerpo y lo estremece, ahogado, sediento.
Él ya nos tenía prisioneros, otrora, más ahora luego de un descanso de vidas volvía, a acabar, mutilando, la existencia, a sembrar sufrimiento y dolor, a erosionar las pieles, con sus máquinas de torturas, creaciones del infierno que había acumulado con los años, al alero del reconocimiento público que ostentaba, por su presencia endemoniada, predilecta fruta de los condenados.

No podíamos escapar de aquel espacio incomprensible. La sola imagen de aquellos jardines, congelaba los músculos y adormecía los canales sanguíneos. Nunca habíamos sido tan impalpables como ahí en su presencia, nunca el miedo, y la presión habían asfixiado el pensamiento.
Empezó primero a explicar lentamente, tranquila y sádicamente lo que haría con nuestros cuerpos, eligiendo extremidades, detenidamente, para la dolencia, como eligiendo columnas por botar, para el desequilibrio.
Sólo nos mirábamos, era el único medio de comunicación ante la rigidez del pavor, la desconexión, el hielo en las ideas, solo la mirada podía explicarlo todo, solo nuestros ojos mostraban todo el terror, la excitación ante la muerte, la desesperación del descontrol, de la crepuscular incertidumbre.
Mi turno es el segundo. El primero apareció dando tumbos, en silencio, disperso, ajeno. No podría hacerlo, no puedo, no podía. Estábamos en su presencia y no podíamos más que acatar, o esperar al menos mejor atrocidad, menor exterminio, rapidez, silencio. Tomé el cuchillo, lo miré y vi el brillo que salía de su hoja, de sus dientes. No tenía filo, era redondo, inofensivo. No podía, soy demasiado cobarde para sufrir durante tantas horas.
Entonces me miró el del lado, que ya lo conocía de hacía mucho, y lo estimaba, y con voz firme y pulso entero me entrega, al descuido del asesino, recta y aguda, acantilada navaja, con idea fija, con incesante sensación de desconcierto, el final.
Hay solo una oportunidad, el error es sufrimiento. Son milésimas de segundo hasta que el asesino retome su senda de horror y exija el cumplimiento de su orden. Tengo que pensar en medio de los latidos que arrancan el corazón de su lugar hasta producir el caos. Es solo un movimiento, firme corte de viento y aurora, en el horizonte.
Miré al del lado con decisión, asolado por la pena, agotado, con las últimas fuerzas para acabar de una vez con el martirio que traía esa fuente indescriptible que me rodeaba y retenía. Quise despedirme y no pude, agobiado y triste, más que el pudor de no poder hacerlo.Rendí mis fuerzas al cielo, en el último pensamiento, antes del movimiento mortuorio, del silencioso y aterrador, agudo réquiem, que produciría el terror.
Levanté mi brazo y la navaja, decidí morir, de una estocada profunda y recta. La cobardía y el dolor recorrían como pequeños insectos mi brazo. Este no controló el dolor, ni la pena, y la estocada fue débil, dolorosa, como si en el globo ocular estuviese mi corazón.
Mi ojo no explotó, más la navaja quedó enterrada hasta la mitad, como recordando tortuosamente mi dolor y cobardía. El asesino espetó su sentencia de sufrimiento por mi engaño, por salirme de su juego de exterminio. En horas terminaría de morirme del dolor, acabaría por desangrarme de la mente, rodaría todo al suelo por el orificio de mi ojo auto perforado.
Luego las luces se fueron apagando, y el lugar quedó vacío y solo, oscuro.
Cesar

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