Amanecía un tierno día en Santiago. El sol y la brisa recorrían esta ciudad en vísperas del verano. Como todos los días me duche, vestí y pesque mi bicicleta rumbo a la pega. Nada en ese día parecía especial, era uno más de tantos. Ese día, ese hermoso día de Noviembre murió Pinochet. Fue hace años, y la verdad no recuerdo muy bien que sucedió. Me entere por Internet. La prensa publico este hecho como quien habla de un personaje lejano, parte de una historia colectiva olvidada, cada uno demarcándose de los sucesos pasados. Detenidos desaparecidos, torturas, dictadura no eran palabras en el diccionario de los medios de comunicación. Hicieron un resumen, una reconstrucción neutra del pasado, para no quedar mal con nadie. No hubo grandes festejos; es cierto, encapuchados y estudiantes salieron a las calles. Uno que otro enfrentamiento con lfuerzas especiales (dopados con tuti para la ocasion), alguna que otra bomba incendiaria, pero la verdad, todos preferimos quedarnos en nuestras casas, llenos de temor hacia la reacción de nuestros vecinos.
En la tele eso decían, aun recuerdo, quédense en su casa, evite encontrarse con un grupo de vándalos-anarquistas. En eso se convirtió el festejo de la muerte de Pinocho, sin darnos cuenta estábamos insertos en el mismo modelo de terror que tan bien aplico este señor. No pudimos festejar. Fue un evento mediático, y después de una semana se olvido. Total, ¿Quién sabe de que se trato la dictadura? Nadie señores, ya nadie se acuerda, un olvido colectivo en pos de la unificación por el desarrollo económico.




